Hay decisiones que trascienden el resultado de un partido. Hay movimientos que terminan marcando el rumbo de un equipo mucho más que un gol o un campeonato. Eso es precisamente lo que está ocurriendo con los Camaroneros de Escuinapa. Mientras la afición esperaba una temporada en la que el actual campeón defendiera su corona con la misma base que lo llevó a conquistar la Liga Regional, la realidad terminó siendo completamente distinta. Hasta el momento ya son cinco los jugadores campeones, además del Director Técnico, que no volverán a vestir la camiseta de Camaroneros, una cifra demasiado importante para pasar desapercibida y que ha provocado una reacción inmediata entre la afición, al grado de convertir el tema en la conversación obligada en prácticamente todos los grupos de WhatsApp donde se habla de fútbol en Escuinapa.

Lo más preocupante no son únicamente las bajas. En el fútbol todos los equipos cambian de un torneo a otro y ningún plantel permanece intacto para siempre. Lo que realmente llama la atención es la forma en que se llegó a este punto. Resulta difícil entender cómo un proyecto que hace apenas unos meses levantaba el campeonato regional hoy enfrenta una desintegración tan acelerada. Cuando un campeón pierde en cuestión de semanas a su entrenador y a buena parte de la base que le dio el título, es evidente que el problema va mucho más allá de una simple reestructuración deportiva.

La historia, además, tuvo un episodio que explica muchas cosas. La organización de la Liga Regional puso sobre la mesa la posibilidad de otorgarle una segunda franquicia a Escuinapa y ésta fue ofrecida a Trinidad Ibarra, el movimiento generó un efecto inmediato. En cuestión de tres horas, según la información que trascendió entre quienes participaron en esas conversaciones, el nuevo proyecto prácticamente estaba armado. La base campeona de Camaroneros había aceptado integrarse al nuevo equipo y Enrique Cortés continuaría como director técnico. En pocas palabras, el campeón cambiaría de nombre, pero mantendría prácticamente la misma estructura deportiva. Era un proyecto que había nacido con una rapidez pocas veces vista y que demostraba la confianza que jugadores y cuerpo técnico tenían en esa nueva alternativa.

Sin embargo, todo cambió cuando llegó la negativa. Un funcionario del Instituto Municipal del Deporte, a nombre del director, declaró públicamente que, por instrucciones del presidente municipal, Escuinapa no tendría dos equipos participando en la Liga Regional. A partir de ese momento comenzó el verdadero problema. Trini Ibarra aceptó la respuesta del IMDE y posteriormente inició la salida de jugadores que habían sido fundamentales para conquistar el campeonato. El proyecto que había dominado el fútbol regional continuaba fracturándose antes incluso de defender su título.

Es precisamente aquí donde, desde mi punto de vista, la pelota comenzó a mancharse. Porque una cosa es que las autoridades apoyen al deporte, algo que siempre será positivo, y otra muy distinta es que decisiones que deberían resolverse en el ámbito deportivo terminen dependiendo de factores políticos o administrativos. El fútbol necesita instituciones fuertes, no proyectos que den la impresión de estar condicionados por intereses ajenos a la cancha. Cuando eso ocurre, inevitablemente aparecen dudas, sospechas y divisiones que terminan afectando a todos, incluyendo a la propia afición.

También resulta imposible ignorar otro aspecto que empieza a generar comentarios entre empresarios y personas cercanas al proyecto. Se habla de un modelo de financiamiento basado en patrocinios privados y en el cobro por espacios publicitarios, como se había hecho con la anterior administración del equipo, lo que es ridículo es cobrar por los derechos de transmisión de los partidos.

Sería una magnífica noticia que Camaroneros lograra consolidarse como un proyecto autosustentable, respaldado por la iniciativa privada y capaz de generar sus propios recursos. Ese es el camino que cualquier institución deportiva seria debería aspirar a recorrer.

Lo que no sería aceptable es que el Ayuntamiento terminara convirtiéndose, directa o indirectamente, en la caja chica de un equipo de fútbol. El dinero público pertenece a todos los escuinapenses y debe administrarse con absoluta responsabilidad, atendiendo prioridades que beneficien a toda la comunidad y no únicamente a una institución deportiva. El deporte merece apoyo, sí, pero ese respaldo debe llegar con reglas claras, con transparencia y, sobre todo, con igualdad para todos.

Camaroneros sigue siendo el campeón y nadie puede borrar los méritos deportivos que conquistó dentro de la cancha. Tampoco se puede desconocer el trabajo realizado por Enrique Cortés ni el compromiso de los jugadores que construyeron ese título. Pero el fútbol enseña una lección que aplica también para las instituciones: los campeonatos pueden ganarse en noventa minutos, mientras que la credibilidad tarda años en construirse y apenas unos cuantos días en ponerse en riesgo.

Hoy el reto de Camaroneros ya no consiste únicamente en defender un campeonato. El verdadero desafío será demostrar que todavía existe un proyecto deportivo sólido, capaz de recuperar la confianza de su afición y de convencer a todos de que las decisiones que marcaron esta ruptura obedecen al crecimiento de la institución y no a intereses ajenos al fútbol. Porque cuando la conversación deja de centrarse en los goles y empieza a girar alrededor de la política, las oficinas y los escritorios, significa que algo dejó de funcionar hace mucho tiempo. Y esa, quizá, sea la derrota más preocupante de todas.

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