Hay decisiones que, aunque forman parte del fútbol, dicen mucho de la manera en que se manejan las instituciones. La salida de Enrique Cortés de los Camaroneros de Escuinapa es una de ellas. No porque un entrenador deba permanecer para siempre en un equipo, sino porque las formas siempre terminan hablando más fuerte que las propias decisiones.
La noticia comenzó a tomar fuerza cuando nuestro amigo Noé Cázarez, a través de su página Kaskarita Futbol Fan, informó que «El Kiki» ya no continuaría al frente de los Camaroneros para la próxima temporada de la Liga Regional. Bastaron unos minutos para que las redes sociales se llenaran de comentarios, y hubo algo que llamó poderosamente mi atención. La gran mayoría de las opiniones no cuestionaban el trabajo de Cortés; al contrario, le agradecían, reconocían sus resultados y lamentaban su salida.
Pero, siendo honestos, la historia parecía escrita desde días antes.
También fue el propio Noé quien dio a conocer fotografías de la reunión de delegados de la Liga Regional. En la lista de asistencia aparecía un nombre que no pasó desapercibido: Carlos Lizárraga, «El Rito», quien incluso era presentado como director técnico de Camaroneros. Desde ese momento era evidente que algo no estaba bien. Resultaba difícil pensar que un equipo campeón ya estuviera representado por otro entrenador mientras el técnico que lo llevó al título seguía, al menos oficialmente, al frente del proyecto.
Busqué a Enrique Cortés y tuve la oportunidad de conversar con él vía WhatsApp. Fue prudente, como suele ser. Confirmó que no dirigiría a Camaroneros la próxima temporada y dejó claro que no estaba de acuerdo con la forma en que se estaban haciendo las cosas dentro del equipo. No quiso entrar en polémicas ni señalar responsables. Simplemente consideró que lo mejor era hacerse a un lado. Incluso tuvo la grandeza de desear éxito al plantel y aseguró que seguirá apoyando a los muchachos, aunque ahora lo haga desde fuera del banquillo.
Y es ahí donde creo que vale la pena detenernos.
Estamos hablando del entrenador que llevó a Camaroneros al campeonato de la Liga Regional. Del técnico que también conquistó la Liga y la Copa de la Primera Fuerza de Escuinapa. Es decir, hablamos de un entrenador que entregó resultados. En el deporte nadie tiene asegurado un puesto de por vida y todos los proyectos pueden cambiar, pero cuando un campeón deja una institución, lo mínimo que merece es una salida transparente, respetuosa y sin la sensación de que su reemplazo ya estaba decidido antes de comunicarle la noticia.
Todo apunta a que Carlos Lizárraga será el nuevo director técnico del equipo. Quienes conocemos el fútbol local sabemos que «El Rito» ha buscado esa oportunidad desde hace tiempo y está en todo su derecho de aceptarla si finalmente se concreta. No hay absolutamente nada que reprocharle por aspirar a dirigir al equipo más importante del municipio.
Lo que sí admite discusión es la manera en que se desarrolló todo este proceso. Porque en el fútbol, como en cualquier organización, las formas también construyen prestigio. Un club no sólo se mide por los campeonatos que gana, sino por la manera en que trata a quienes lo ayudaron a conseguirlos.
Los entrenadores pasan. Los jugadores también. Los directivos cambian con el tiempo. Pero la imagen de una institución permanece. Y cuando un campeón decide bajarse del barco porque no comparte la forma en que se están tomando las decisiones, quizá el problema no sea únicamente quién se va.
Quizá la verdadera pregunta sea cómo se le permitió irse.

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