Hay victorias que ayudan a crecer.
Y hay victorias que terminan escondiendo los problemas.
Tengo la impresión de que el Mundial de 2026 puede convertirse en eso para el fútbol mexicano.
Sí, México hizo un buen torneo.
Sí, volvió a ilusionar.
Sí, compitió con dignidad.
Pero una Copa del Mundo dura un mes.
El desarrollo de un país futbolístico se mide durante los cuatro años anteriores.
Y ahí es donde aparece la realidad.
Nuestro fútbol lleva años estancado.
Lo preocupante es que ya ni siquiera nos damos cuenta.
Nos acostumbramos a ver los mismos futbolistas.
Los mismos entrenadores.
Los mismos proyectos.
Los mismos dueños.
Y ahora también la misma estructura que eliminó el mayor incentivo para competir.
La desaparición del ascenso y el descenso no fue un simple cambio administrativo.
Fue un mensaje.
Le dijimos al fútbol mexicano que equivocarse ya no tendría consecuencias.
Que terminar último ya no significaba perder la categoría.
Que la estabilidad financiera estaba por encima de la competencia deportiva.
Algunos defendieron la medida diciendo que así los clubes invertirían más en fuerzas básicas.
Han pasado varios años.
¿Dónde están los resultados?
Cada torneo aparecen menos mexicanos con minutos importantes.
Cada vez son menos los jóvenes que logran consolidarse antes de los 22 años.
Y cuando alguno destaca, como Gilberto Mora o Hugo Camberos, inmediatamente parece una excepción y no el resultado de un sistema que produce talento de manera constante.
Lo más grave es que el problema también se refleja lejos de la Liga MX.
Se refleja en ciudades como Escuinapa.
Hace dos o tres décadas, un futbolista destacado en una liga municipal podía soñar con ser observado por un visor.
Había torneos regionales.
Había competencias estatales.
Había clubes buscando talento porque necesitaban sobrevivir.
Hoy ese camino prácticamente desapareció.
Las ligas locales siguen formando jugadores.
Lo que dejó de existir fue el puente que los conectaba con el fútbol profesional.
Miles de jóvenes siguen jugando.
Pero cada vez menos creen que realmente pueden llegar.
Y cuando desaparece la esperanza, también desaparece parte del esfuerzo.
Por eso no basta con exigir mejores selecciones nacionales.
Hay que preguntarnos qué está ocurriendo desde abajo.
¿Qué pasa con las canchas municipales?
¿Qué pasa con las ligas infantiles?
¿Qué pasa con los entrenadores que trabajan sin apoyo?
¿Qué pasa con esos futbolistas que abandonan el sueño porque no existe una oportunidad real para seguir creciendo?
Un país no produce mejores futbolistas únicamente porque tiene una liga rica.
Los produce porque existe una pirámide donde cada escalón tiene sentido.
México rompió esa pirámide.
El Mundial maquilló muchas cosas.
Pero no resolvió ninguna.
Seguimos exportando pocos jugadores a las grandes ligas europeas.
Seguimos dependiendo de una competencia local que privilegia el corto plazo.
Seguimos confundiendo estabilidad económica con crecimiento deportivo.
Y seguimos creyendo que un buen verano basta para olvidar varios años de estancamiento.
El fútbol mexicano no necesita otro espejismo.
Necesita volver a tener hambre.
Hambre en los clubes.
Hambre en las divisiones inferiores.
Hambre en las ligas regionales.
Y hambre en cada jugador que hoy entrena en una cancha de tierra soñando con llegar más lejos.
Porque mientras el sistema no vuelva a premiar el mérito y castigar la mediocridad, seguiremos celebrando resultados aislados como si fueran señales de progreso.
Cuando, en realidad, podrían ser solamente el reflejo más bonito de un problema que aún no queremos enfrentar.




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