Ayer se disputó una nueva edición del Clásico Escuinapense.
Una vez más, el título de la Primera Fuerza quedó en manos de los dos equipos que han marcado la rivalidad más importante del fútbol local en los últimos años.
Pa’l Local Pescadería Ibarra contra la Colonia 10 de Mayo.
Tuve la oportunidad de estar presente en las charlas previas al arranque de la gran final. Escuché a jugadores, capitanes y entrenadores. Y salí del estadio con una conclusión muy clara.
Las finales empiezan a ganarse desde el vestidor.
En ambos equipos hablaron los capitanes.
En ambos equipos se pidió carácter.
En ambos equipos se habló de sacrificio.
En ambos equipos los entrenadores dieron instrucciones claras y concretas.
Pero una cosa es escuchar el mensaje.
Y otra muy distinta es creerlo.
Desde antes del silbatazo inicial se percibían sensaciones diferentes.
Los jugadores de la Colonia 10 de Mayo transmitían confianza. Parecían convencidos de que estaban ante el partido de sus vidas. No se les veía tensión. No se les veía duda.
Se les veía hambre.
Del otro lado, el ambiente era distinto. El más animado era Sergio Lizárraga. Intentaba contagiar energía y confianza a los suyos, pero el entorno se sentía más pesado. Más presionado.
Y muchas veces el fútbol tiene esas cosas.
El partido termina reflejando lo que ocurre antes de que ruede el balón.
Lo que en el papel parecía una batalla cerrada en el medio campo terminó inclinándose muy pronto hacia el lado de la Colonia 10 de Mayo.
Porque ejecutó exactamente lo que había planeado.
Porque creyó en su idea.
Porque salió convencida de que podía ganar.
Y cuando un equipo juega una final con esa seguridad, normalmente encuentra recompensa.
Pa’l Local tuvo momentos.
Tuvo destellos.
Tuvo aproximaciones que pudieron cambiar la historia.
Incluso hubo una jugada polémica dentro del área que pudo representar una oportunidad inmejorable para empatar el encuentro. El abanderado decidió no señalarla y el juego siguió su curso.
Pero las finales no suelen tener demasiadas oportunidades.
Y cuando las dejas escapar, normalmente lo pagas caro.
Después llegó el segundo gol de la Colonia 10 de Mayo.
Y en ese momento el partido comenzó a sentirse definido.
No porque matemáticamente estuviera resuelto.
Sino porque emocionalmente ya parecía pertenecerle a un solo equipo.
La Colonia 10 de Mayo volvió a demostrar algo que los campeones suelen entender mejor que nadie.
Los títulos no se ganan únicamente con talento.
Se ganan con convicción.
Se ganan creyendo.
Se ganan cuando once jugadores entran al campo convencidos de que nadie les va a quitar la copa.
Por eso no me sorprendió el resultado.
Porque antes de que comenzara el partido ya había un equipo que parecía listo para ser campeón.
La Colonia 10 de Mayo entendió algo fundamental.
Las finales comienzan desde el momento en que te amarras los taquetes.
Y ayer, el Clásico Escuinapense se lo llevó el equipo que más creyó en sí mismo.




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