El Tour de Francia no es una carrera de ciclismo.

Es una prueba de supervivencia.

Son 21 días de competencia al límite. Más de tres mil kilómetros de recorrido. Montañas legendarias. Descensos que rozan la locura. Calor, viento, lluvia, desgaste físico y una batalla táctica permanente donde un error puede costar semanas de trabajo.

Y ahí está un mexicano.

Ahí está Isaac del Toro.

Mientras buena parte del país sigue hablando de lo mismo de siempre, un joven de Ensenada pelea de tú a tú con los mejores ciclistas del planeta en la competencia más prestigiosa de este deporte.

Y no debería sorprendernos.

Lo sorprendente sería que no estuviera ahí.

Isaac llegó al Tour como el tercer mejor ciclista del mundo según el ranking internacional. No es una revelación de último momento. No es una moda. No es un deportista inflado por las redes sociales.

Es, simplemente, uno de los mejores del planeta.

Por eso me cuesta entender la indiferencia.

Hoy vi noticieros nacionales abrir espacios para hablar de la graduación de un futbolista juvenil. Mientras tanto, Isaac del Toro acababa de colocarse entre los tres mejores del Tour de Francia.

Ni una mención.

Ni una.

Y entonces uno entiende muchas cosas sobre la manera en que consumimos deporte en México.

Aquí seguimos obsesionados con fabricar ídolos antes de tiempo.

Un futbolista da dos buenos partidos y ya tiene comerciales, entrevistas exclusivas, campañas publicitarias y millones de seguidores. Todavía no gana nada importante, pero ya es tratado como estrella.

Después nos preguntamos por qué los resultados rara vez corresponden a la expectativa.

Mientras tanto, deportistas que verdaderamente compiten contra la élite mundial tienen que conformarse con unos cuantos espacios perdidos en los resúmenes deportivos.

Isaac pertenece a ese grupo.

La primera gran prueba del Tour fue la contrarreloj. Una especialidad que no es precisamente su fuerte. Aun así respondió con una actuación sólida que lo mantuvo entre los mejores de la clasificación general.

Después vino una etapa que debería haber terminado con cualquier duda.

Isaac ganó.

No le ganó a rivales menores.

No le ganó a ciclistas de segundo nivel.

Les ganó a todos.

A los mejores del mundo.

A los hombres que dominan actualmente el ciclismo internacional.

Durante meses aparecieron voces diciendo que sus triunfos habían llegado en carreras menores. Que faltaba verlo contra los grandes nombres.

Bueno, ahí estaban los grandes nombres.

Y los venció.

La imagen junto a Tadej Pogacar recorrió el mundo. El mejor ciclista de esta generación celebrando junto al mexicano. Reconociendo su talento. Entendiendo perfectamente lo que muchos en nuestro propio país todavía parecen no comprender.

Después llegaron etapas menos favorables para la clasificación general y, como siempre ocurre, aparecieron los expertos de ocasión.

«Ya se cayó.»

«Ya se desinfló.»

«Ya se acabó la sorpresa.»

Bastó que llegaran los Pirineos para que la realidad volviera a poner las cosas en su lugar.

En el Tourmalet, una de las montañas más míticas del ciclismo mundial, Isaac volvió a responder.

Trabajó para su equipo.

Ayudó a Pogacar.

Atacó cuando debía atacar.

Y todavía tuvo piernas para cerrar la jornada entre los mejores.

Hoy vuelve a ser tercero de la clasificación general.

Hoy vuelve a portar la camiseta blanca que distingue al mejor joven de la carrera.

Y lo más impresionante es que parece entender perfectamente dónde está parado.

Sin estridencias.

Sin declaraciones grandilocuentes.

Sin campañas de marketing exageradas.

Sólo pedaleando.

Sólo compitiendo.

Sólo demostrando.

¿Puede subir al podio en París?

Claro que puede.

¿Puede incluso pelear por algo más?

También.

Pero esa discusión llegará después.

Lo importante es que ya demostró algo que nadie podrá quitarle.

Demostró que pertenece a la élite.

Demostró que su lugar entre los mejores no es producto del entusiasmo de unos cuantos aficionados.

Es producto de su talento.

De su disciplina.

De su trabajo.

Mientras gran parte del país sigue distraída mirando hacia otro lado, Isaac del Toro está escribiendo una de las historias más importantes que ha vivido el deporte mexicano en los últimos años.

Y cuando el mundo termine de rendirse ante él, muchos aquí dirán que siempre creyeron en su talento.

Como suele suceder.

Porque en México tenemos una extraña costumbre.

Primero ignoramos a nuestros grandes deportistas.

Y después presumimos que son nuestros.

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