A veces los aficionados no dimensionamos la suerte que tenemos hasta que el tiempo comienza a pasar.
Nos acostumbramos tanto a la grandeza que terminamos creyendo que es normal.
Creemos que siempre existirán futbolistas capaces de hacer lo imposible parecer sencillo. Pensamos que siempre aparecerá alguien capaz de tomar un balón en media cancha y convertir una jugada común en una obra de arte.
Pero no es así.
Los genios son escasos.
Y Lionel Messi es uno de ellos.
Hoy quiero hablar de Messi.
No del campeón del mundo.
No del ganador de ocho Balones de Oro.
No del máximo goleador de tantos equipos y competiciones.
Quiero hablar del futbolista que tuvo el privilegio de acompañar mi generación.
Porque más allá de los números, de los récords y de los títulos, lo verdaderamente extraordinario de Messi fue la forma en que jugó este deporte.
Durante años escuchamos debates interminables.
Que si era mejor que este.
Que si era mejor que aquel.
Que si le faltaba ganar algo con Argentina.
Que si necesitaba demostrar más personalidad.
Que si tenía que salir del Barcelona.
Siempre había una nueva exigencia.
Siempre había una nueva condición para reconocer su grandeza.
Y mientras tanto, Messi seguía jugando al fútbol.
Seguía asistiendo.
Seguía marcando goles.
Seguía ganando partidos.
Seguía haciendo cosas que parecían imposibles.
Lo más impresionante de su carrera no fueron los trofeos.
Fue la consistencia.
Durante casi dos décadas fue normal verlo decidir partidos.
Fue normal verlo levantar títulos.
Fue normal verlo aparecer en los momentos importantes.
Y precisamente ahí radica la dimensión de su legado.
Nos hizo creer que lo extraordinario era cotidiano.
Nos malacostumbró.
Nos hizo pensar que siempre existiría un futbolista capaz de hacer magia cada fin de semana.
Pero la historia del fútbol nos enseña que eso no ocurre.
Por cada Messi pasan generaciones enteras esperando otro jugador similar.
Por eso me considero afortunado.
Porque me tocó ver jugar a Messi desde sus primeros años.
Me tocó verlo crecer.
Me tocó verlo conquistar Europa.
Me tocó verlo sufrir derrotas dolorosas con Argentina.
Me tocó verlo levantarse.
Me tocó verlo ganar la Copa América.
Me tocó verlo levantar la Copa del Mundo.
Y ahora me toca verlo disfrutar los últimos capítulos de una carrera irrepetible.
Quizá por eso cada partido suyo tiene un significado especial.
Porque sabemos que el tiempo no perdona.
Porque sabemos que ningún futbolista es eterno.
Porque sabemos que llegará el día en que ya no veremos a Lionel Messi entrando a una cancha.
Y cuando ese día llegue, el fútbol perderá algo más que un gran jugador.
Perderá a uno de los artistas más grandes que haya conocido este deporte.
Habrá quienes sigan discutiendo quién fue el mejor de todos los tiempos.
Habrá quienes prefieran a Pelé.
Habrá quienes defiendan a Maradona.
Habrá quienes se queden con Cristiano Ronaldo.
Y todas esas opiniones merecen respeto.
Pero para mí, y para millones de aficionados alrededor del mundo, Lionel Messi ocupa un lugar especial.
Porque nunca vi a otro futbolista entender el juego de la manera en que él lo entendió.
Nunca vi a otro futbolista combinar talento, inteligencia, visión y eficacia con semejante naturalidad.
Nunca vi a otro futbolista hacer que lo imposible pareciera tan sencillo.
Por eso hoy no quiero discutir estadísticas.
No quiero hablar de récords.
No quiero entrar en debates interminables.
Hoy simplemente quiero agradecer.
Agradecer que me haya tocado vivir en la época de Lionel Messi.
Agradecer haber visto su carrera completa.
Agradecer cada gol, cada asistencia, cada regate y cada momento que nos regaló.
Porque cuando dentro de muchos años alguien me pregunte cuál fue el mejor futbolista que vi jugar, no tendré que recurrir a videos antiguos ni a historias contadas por otros.
Podré responder con absoluta certeza.
Yo vi jugar a Lionel Messi.
Y qué afortunado fui.





Deja un comentario