Hay algo profundamente decepcionante en ver cómo algunos funcionarios públicos dejan de actuar como servidores de la gente para convertirse en defensores incondicionales de quien ocupa el poder.

La política pierde sentido cuando la crítica desaparece.

Y eso es precisamente lo que empieza a ocurrir en muchos espacios donde algunos funcionarios han decidido mirar a su jefe como si fuera un líder incuestionable, una especie de “tlatoani” moderno al que jamás se le puede señalar un error, aunque el municipio permanezca estancado, aunque la obra pública no llegue y aunque las prioridades parezcan concentradas más en intereses personales que en las necesidades de la ciudadanía.

Lo preocupante no es solamente la falta de resultados. Lo verdaderamente alarmante es la normalización de la obediencia absoluta.

Porque cuando dentro de un gobierno nadie se atreve a disentir, la política deja de ser un ejercicio democrático y se convierte en un acto de sumisión.

Muchos ciudadanos votaron por un cambio creyendo que las prácticas del pasado quedarían atrás. Se prometió cercanía con la gente, austeridad, honestidad y una nueva forma de gobernar. Por eso duele más descubrir que algunos de quienes aseguraban no ser iguales terminaron reproduciendo las mismas conductas que antes criticaban… y en ciertos casos, incluso peores.

La diferencia es que ahora algunos intentan justificarlo todo en nombre de un movimiento.

Pero un movimiento político no puede convertirse en escudo para la mediocridad, la ambición o el silencio cómplice.

La llamada Cuarta Transformación no debería reducirse a funcionarios incapaces de aceptar errores ni a grupos políticos que reaccionan con ataques cada vez que alguien cuestiona al poder. Porque defender ciegamente todo lo que hace un gobierno no es lealtad democrática. Es fanatismo.

Y el fanatismo termina destruyendo cualquier proyecto político.

Aceptar errores no traiciona ideales. Al contrario. Los fortalece.

Lo verdaderamente peligroso es rodearse de personas que aplauden todo, justifican todo y callan frente a todo.

Porque mientras algunos funcionarios siguen más preocupados por quedar bien con quien manda, los municipios continúan esperando soluciones reales.

Y la ciudadanía empieza a darse cuenta.

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