Esperé casi tres años y medio para volver a ver a Lionel Messi disputar un partido de Copa del Mundo.
Durante ese tiempo pensé muchas veces en este momento.
Pensé en su edad.
Pensé en todo lo que ha ganado.
Pensé en lo improbable que parece volver a verlo en el Mundial de 2030.
Y pensé también en algo que millones de aficionados nos negamos a aceptar.
Que estamos viendo los últimos capítulos de una carrera irrepetible.
Por eso el partido de hoy tuvo algo especial.
No porque Messi haya necesitado demostrar algo.
Hace mucho tiempo que dejó de jugar para convencer a sus críticos.
Hoy vi al Messi que admiro desde hace años.
No al futbolista obsesionado por callar bocas.
No al jugador que carga con el peso de un país entero.
Vi al Messi que disfruta jugar al fútbol.
Al Messi que parece volver al barrio cada vez que toca la pelota.
Al Messi que entiende el juego mejor que cualquiera.
Mientras muchos observan velocidad, fuerza o intensidad, Messi observa otra cosa.
Observa espacios.
Observa movimientos.
Observa patrones.
Estudia al rival.
Lo analiza.
Lo desgasta.
Y cuando encuentra la oportunidad, ataca.
Así ha sido toda su carrera.
Y así volvió a ser hoy.
Hubo algo que me llamó especialmente la atención.
Argentina jugó para Messi.
Y al mismo tiempo no pareció hacerlo.
No hubo una búsqueda desesperada por entregarle el balón en cada jugada.
No hubo dependencia exagerada.
No hubo ansiedad.
Simplemente hubo un grupo de futbolistas que entiende perfectamente quién es su líder y cómo potenciarlo.
Corrieron cuando tenían que correr.
Presionaron cuando tenían que presionar.
Se sacrificaron cuando el partido lo exigió.
Y gracias a eso, Messi pudo hacer lo que mejor sabe hacer.
Pensar.
Crear.
Decidir.
Lastimar.
Por momentos tuve la sensación de estar viendo una versión más madura de la Argentina campeona del mundo en 2022.
Quizá menos explosiva.
Quizá menos sorprendente.
Pero mucho más consciente de sus fortalezas.
Mucho más cómoda con su identidad.
Mucho más preparada para competir.
Y eso me parece peligroso para cualquiera que se cruce en su camino.
Lo mejor de todo es que Argentina llega nuevamente sin el peso de ser favorita absoluta.
Y a los argentinos les encanta ese papel.
Les encanta que otros carguen con la presión.
Les encanta que hablen de Francia, de España, de Inglaterra o de Brasil.
Mientras tanto ellos siguen haciendo lo que mejor saben hacer.
Competir.
Hoy volví a ilusionarme.
Y no me da vergüenza decirlo.
Volví a imaginar a Messi levantando una Copa del Mundo.
Volví a pensar en esa imagen que parecía imposible hace algunos años y que terminó convirtiéndose en realidad en Qatar.
Porque hay futbolistas extraordinarios.
Hay leyendas.
Hay ídolos.
Y luego está Lionel Messi.
El jugador que convirtió lo imposible en costumbre.
El futbolista que hizo del talento un arte.
El hombre que cambió para siempre la historia de este deporte.
No sé hasta dónde llegará Argentina en este Mundial.
No sé si volverá a ser campeona.
No sé si este será realmente el último Mundial de Messi.
Lo único que sé es que hoy vi algo que me recordó por qué me enamoré de este deporte.
Vi a un genio disfrutar del juego.
Y mientras eso siga ocurriendo, seguiré creyendo.
Porque para muchos es Lionel Messi.
Para otros es el GOAT.
Para algunos es la Cabra.
Para mí seguirá siendo simplemente el mejor futbolista que mis ojos han visto jugar.





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