Las tradicionales Fiestas del Mar de las Cabras volvieron a demostrar algo que los escuinapenses ya sabemos desde hace generaciones. Pase lo que pase, este pueblo siempre encuentra la manera de reunirse, celebrar y aferrarse a sus tradiciones.

Y quizá precisamente por eso este año se sintieron distintas.

No porque faltara ambiente. Al contrario. Hubo música, convivencia, familias completas disfrutando de la playa, amigos reencontrándose y cientos de personas tratando de regalarse aunque fuera unas horas de tranquilidad.

Las fiestas fueron, para muchos, una especie de respiro emocional.

Una escapatoria momentánea de esa tensión silenciosa que desde hace meses se siente en las calles, en las conversaciones y hasta en la manera en que la gente organiza su vida cotidiana.

Porque aunque intentemos seguir adelante, todos sabemos que algo cambió en Escuinapa.

Las dinámicas ya no son las mismas. Hay horarios que se modificaron, salidas que se piensan dos veces, recorridos que antes parecían normales y ahora generan dudas. Hay una sensación colectiva de alerta que poco a poco se fue instalando entre nosotros.

Y aun así, durante este fin de semana, miles de personas decidieron salir, convivir y abrazar la tradición.

Eso me provoca sentimientos encontrados.

Por un lado, sinceramente me da gusto ver a la sociedad escuinapense intentando recuperar espacios de convivencia. Me alegra ver familias en la playa, jóvenes disfrutando, comerciantes trabajando y ciudadanos tratando de mantener viva una celebración que forma parte de nuestra identidad.

Porque también resistir es no permitir que el miedo nos robe completamente la normalidad.

Pero por otro lado, no puedo negar que también existe una sensación de angustia.

Y esa angustia nace de una pregunta incómoda.

¿En qué momento comenzamos a acostumbrarnos?

Porque los seres humanos tenemos una capacidad peligrosa para normalizar incluso aquello que hace tiempo nos habría parecido impensable. Poco a poco aprendemos a convivir con la tensión, a modificar rutinas y a seguir adelante aunque el contexto alrededor nos diga que algo no está bien.

Eso preocupa.

No porque la gente salga a disfrutar una fiesta tradicional. Eso siempre será válido y necesario. Preocupa que, como sociedad, estemos aprendiendo a vivir permanentemente bajo condiciones que nunca debieron parecer normales.

Y quizá ahí está una de las contradicciones más fuertes que deja este tipo de celebraciones.

La fiesta funciona como alivio emocional, pero también como recordatorio silencioso de la realidad que intentamos olvidar por unas horas.

Aun así, sería injusto no reconocer el enorme esfuerzo detrás de estas fiestas.

Organizar el Mar de las Cabras nunca ha sido sencillo. Mucho menos en tiempos donde cualquier detalle genera polémica, críticas o inconformidades.

Porque si algo caracteriza a las festividades populares es que nunca habrá unanimidad. Siempre existirán opiniones divididas, cuestionamientos, personas inconformes con la cartelera, con la logística, con las decisiones o con cualquier aspecto de la organización.

Eso es inevitable.

Pero más allá de las críticas, hay algo que debe reconocerse. Sacar adelante un evento de esta magnitud requiere trabajo, coordinación, paciencia y mucha capacidad operativa.

Y en esta ocasión el comité organizador logró algo importante. Que miles de personas pudieran disfrutar, convivir y construir recuerdos en medio de un contexto complicado.

Eso también merece aplausos.

A veces olvidamos que las tradiciones no sobreviven solas. Necesitan personas dispuestas a trabajar, gestionar y enfrentar la presión para mantenerlas vivas.

Por eso creo que el reconocimiento es válido.

Las Fiestas del Mar de las Cabras no solamente representan música o entretenimiento. Representan identidad, memoria colectiva y sentido de pertenencia para generaciones enteras de escuinapenses.

Y quizá por eso este año se sintieron más emocionales que nunca.

Porque entre la alegría, la convivencia y el ambiente festivo, también quedó flotando una sensación difícil de explicar.

La necesidad urgente de volver a sentir tranquilidad verdadera.

No tranquilidad de un fin de semana.

No tranquilidad prestada por unas horas de fiesta.

Tranquilidad real.

La que permite vivir sin tensión, salir sin preocupación y recuperar completamente la paz cotidiana que todo municipio merece.

Ojalá algún día las fiestas sean solamente fiestas.

Y no pausas emocionales dentro de una realidad que todavía nos duele aceptar.

Fueron Playas!! Nos leemos mañana..

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