En la Liga de Primera Fuerza de fútbol en Escuinapa, la manera en que se asignan los horarios de los partidos parece un detalle menor. Sin embargo, para jugadores, cuerpos técnicos y aficionados, el horario en que se juega no es un asunto trivial. Afecta el rendimiento físico, la asistencia de la afición, la logística de los equipos y, para su servidor, hasta la percepción de justicia dentro del torneo.
Actualmente, los horarios se definen por medio de un sorteo. Los delegados que asisten a las juntas toman un papelito y, según la suerte, les toca un horario u otro. El método tiene la ventaja de ser sencillo y rápido. Nadie puede acusar favoritismos evidentes y, en teoría, todos tienen la misma probabilidad de jugar en un mejor o peor horario.
El problema es que el azar no siempre es sinónimo de equidad. Hay equipos que, por su dinámica de trabajo, por la edad de sus jugadores o por la disponibilidad de su afición, se ven más afectados cuando les toca jugar muy temprano o muy tarde. Además, el sorteo no toma en cuenta el desempeño deportivo ni el hecho de jugar como «local», que en cualquier liga del mundo implica ciertas ventajas organizativas.
Por eso creo que sería bueno replantear la forma en que se programan los horarios. El calendario de partidos ya existe y, en la práctica, se juega los domingos en las mismas canchas. Lo que está en juego no es el emparejamiento, sino el horario específico en que se disputa cada encuentro.
Una alternativa más justa sería que los horarios los elijan los propios equipos de acuerdo con su posición en la tabla. La lógica es sencilla. El equipo mejor ubicado en la clasificación tiene el derecho de elegir primero el horario que más le convenga cuando juega como local. Después elige el siguiente en la tabla, y así sucesivamente.
Este esquema introduce un incentivo deportivo claro. No solo se compite por puntos, también se compite por el derecho a decidir en mejores condiciones. Estar arriba en la tabla deja de ser solo una cuestión de orgullo o estadística y se convierte en una ventaja concreta que puede influir en la preparación del partido, en la asistencia de la gente y en el desempeño dentro de la cancha.
Además, el hecho de que el «local» elija el horario refuerza una lógica básica del fútbol. Jugar en casa debería implicar cierto control sobre el entorno del partido. Horarios más adecuados para la afición «local», para los propios jugadores y para la organización del equipo hacen del encuentro una experiencia más ordenada y más justa para todos.
Este modelo no elimina los conflictos de raíz, pero sí reduce la sensación de arbitrariedad. Pasa del azar a un criterio basado en mérito deportivo y en condición de local. También obliga a los equipos a involucrarse más en la dinámica de la liga y a entender que su rendimiento en la tabla tiene consecuencias prácticas.
Cambiar la forma en que se asignan los horarios no va a resolver todos los problemas del fútbol local, pero sí puede mejorar la percepción de justicia y organización dentro de la Liga de Primera Fuerza. A veces, los ajustes pequeños en la estructura son los que generan los cambios más visibles en la convivencia y en la competitividad del torneo.




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