Cada inicio de año llega acompañado de una promesa silenciosa. Este será diferente. Cambia el número en el calendario y, casi por inercia, hacemos una lista, mental o escrita, de propósitos que representan a la persona que queremos ser a partir de ahora.
Queremos leer más, comer mejor, ahorrar, mover el cuerpo, dejar lo que nos hace daño y empezar aquello que llevamos tiempo postergando. Año tras año repetimos el ritual con una mezcla de ilusión y escepticismo. Sabemos que ya hemos estado aquí antes, pero aun así volvemos a intentarlo.
Lo curioso de los propósitos de Año Nuevo no es que muchos no se cumplan, sino que sigamos haciéndolos. Algo en nosotros necesita ese punto de corte simbólico, esa frontera artificial que separa lo que fue de lo que podría ser. El cambio de año funciona como una pausa colectiva, un permiso social para revisar nuestra vida sin sentir que estamos improvisando.
Sin embargo, con frecuencia confundimos propósito con exigencia. Convertimos el deseo de mejorar en una lista de deudas personales. Debería ser más disciplinado. Debería lograr más. Debería cambiar ya. Así, enero se vuelve un mes cargado de expectativas poco realistas y febrero empieza a parecerse demasiado a diciembre.
Tal vez el problema no sea proponernos cosas, sino la forma en que lo hacemos. Pensamos en metas finales y no en procesos. En resultados y no en hábitos. En versiones ideales de nosotros mismos y no en la persona real que tendrá que sostener esos cambios un lunes cualquiera, cansada y con poco tiempo.
Este 2026 podría ser una oportunidad para replantear el ritual. No para abandonar los propósitos, sino para hacerlos más honestos. Menos rimbombantes y más humanos. En lugar de cambiar de vida, quizá baste con decidir cuidar un poco mejor una parte concreta de ella. En lugar de prometer constancia perfecta, aceptar la imperfección como parte del camino.
Al final, los propósitos no dicen tanto sobre lo que vamos a lograr, sino sobre lo que valoramos. Son una fotografía momentánea de nuestras aspiraciones, miedos y esperanzas. Y aunque algunos se diluyan con el paso de los meses, el simple hecho de formularlos revela algo importante. Seguimos creyendo que podemos mejorar.
Empieza 2026. No sabemos cómo terminará, pero aquí estamos otra vez, haciendo planes, ajustando expectativas y, en el fondo, apostando por nosotros mismos. Tal vez eso, más que cumplir cada propósito, ya sea un buen comienzo.




Deja un comentario