En la ruta hacia la sucesión gubernamental de 2027, tres mujeres sinaloenses han levantado discretamente la mano: Imelda Castro Castro, Graciela Domínguez Nava y María Teresa Guerra Ochoa. Ninguna lo ha dicho abiertamente, pero las tres han dejado entrever su interés con la frase repetida: “yo quiero, pero aún no es tiempo”.
Un mensaje con matices de prudencia, pero también con la clara señal de que en Morena, las decisiones importantes aún se gestan desde la capital.
Imelda Castro Castro: la senadora de la institucionalidad
Imelda Castro ha sido una figura constante en la izquierda sinaloense. De origen perredista y hoy senadora morenista, ha escalado posiciones de peso en el Congreso de la Unión ya que fue vicepresidenta del Senado y ha presidido comisiones como Seguridad Nacional. Su discurso político combina la moderación institucional con una defensa firme de la paridad y los derechos de las mujeres.
Su carta fuerte está en el ámbito nacional por su cercanía con figuras del círculo presidencial y un perfil de legisladora con experiencia en temas de Estado. Su reto, sin embargo, es de territorio, debido a que tiene que trasladar esa presencia del Senado a los comités municipales, a la base que define elecciones en tierra.
En su favor juega su consistencia ideológica —nunca ha roto con la narrativa de izquierda, aunque sí ha sabido moverse con disciplina partidista.
Graciela Domínguez Nava: la operadora política de los cuadros medios
La diputada federal y exsecretaria de Educación Pública estatal, Graciela Domínguez, proviene también de la izquierda social y del trabajo con comunidades marginadas. Fue militante del PRD antes de sumarse a Morena y coordinó la Junta de Coordinación Política en el Congreso local, lo que la posicionó como una de las operadoras políticas más experimentadas de su generación.
Su paso por la SEPyC le dejó un legado mixto: avances en cobertura educativa, pero también críticas por el ritmo administrativo. Su principal fortaleza está en la estructura —conoce los resortes del gobierno, los equilibrios sindicales y el lenguaje del magisterio—, pero su desafío es reconectar con las bases más allá del gremio educativo.
Para una izquierda que busca consolidar la justicia social, Graciela representa el rostro técnico-político, al ser una mujer que entiende la gestión pública desde dentro, aunque necesita una narrativa más popular si quiere dar el salto al Ejecutivo.
María Teresa Guerra Ochoa: la voz feminista del cambio
Abogada, académica y activista, Teresa Guerra ha construido su carrera con coherencia, primero como defensora de derechos humanos y después como titular de la Secretaría de las Mujeres. En el Congreso local, al frente de la Junta de Coordinación Política, ha mostrado capacidad de conducción y de consenso, dos cualidades poco frecuentes en un entorno partidista.
Desde una perspectiva de izquierda, su discurso conecta con la agenda feminista y de derechos que Morena ha promovido en la última década. Su debilidad, hasta ahora, radica en la falta de maquinaria territorial. Teresa Guerra simboliza el pensamiento crítico y la visión de igualdad sustantiva, pero aún debe demostrar que puede traducir la teoría en estructura electoral.
Tres estilos, un mismo tablero
Imelda representa la experiencia nacional; Graciela, la política institucional local; y Teresa, la visión feminista de transformación. Las tres tienen méritos propios y una coincidencia: se mueven con cautela, esperando que “el tiempo político” —léase, las decisiones desde el centro— les permita avanzar.
Desde la izquierda, el desafío no solo es cumplir con la paridad formal, sino construir una paridad de poder real, donde las mujeres no sean solo candidatas, sino protagonistas de una nueva forma de gobernar.
En un contexto donde Morena busca consolidar su hegemonía, la pregunta no es quién alzará la voz primero, sino quién sabrá convertir la lealtad partidista en un proyecto de justicia social y arraigo popular.




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